El bloqueo del escritor perfeccionista

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Quizá te pase frecuentemente que, llegas a tu escritorio muy inspirado con una idea brillante en la cabeza. Le quieres compartir esa idea al mundo: vas a escribir sobre ella. Seguramente será de mucho agrado o utilidad a esas personas que están atentas a lo que dices. Sacas rápidamente una hoja en blanco (o tu editor de texto en la computadora o en el celular) y empiezas a escribir. Pero conforme pasa el tiempo te das cuenta que no llegas a ningún lado: la hoja sigue en blanco, o no te convence lo que has escrito. Y entonces la enmienda de comunicar tu idea se ve interrumpida por un problema que muchos escritores llaman: el bloqueo del escritor. A mi también me ha pasado, y he podido salir de él. Aquí te comparto una de las formas en que lo he hecho.

Para superar el bloqueo del escritor primero debo esclarecer cuál es la causa. Es decir, enumerar las razones por las que he dejado de escribir de forma específica (en vez de utilizar el apodo genérico de bloqueo del escritor). Por ejemplo, puede que descubra que aquello que me frena la escritura sea realmente temor a la imperfección, desconocimiento del tema, falta de vocabulario. Los problemas abstractos tienen soluciones abstractas, y los problemas concretos tienen soluciones concretas: ¿porqué he dejado de escribir?.

Uno de los problemas que más me bloquean para escribir es anhelar un texto perfecto. Suele pasar que, incluso cuando estoy más motivado o cuando tengo las mejores ideas en la cabeza, empiezo a escribir ese artículo y de repente me detengo en seco para revisar mi progreso. Entonces me doy cuenta que no he introducido el tema de una forma amistosa para la audiencia, que los párrafos podrían tener más consistencia, que la variedad de mi léxico hace la lectura un poco aburrida, etcétera. Y después, me doy mi propio golpe de gracia comenzando a corregir el trabajo que ya llevaba hecho: borrando por aquí, añadiendo por allá. Y lo mismo vuelve a pasar con la segunda revisada.

Para evitar este tipo de bloqueo, pongo mi mente en dos estados distintos: el escritor creativo y el editor estricto. En orden, y de forma separada: nunca revueltos, de forma simultánea. Cuando me pongo el sombrero del escritor creativo, entonces escribo sin parar todas las ideas como van saliendo de mi cabeza. En ese momento me importa poco la estructura, la presentación, y demás buenas prácticas de una buena redacción. Habiendo terminado el bosquejo, puedo ahora entrar en el rol del editor estricto. Como editor estricto selecciono contenido, lo clasifico en sus partes, le doy estructura, lo corrijo, etcétera.

La principal desventaja de jugar ambos roles a la vez es que el trabajo de uno suele estropear el trabajo del otro. Cuando el editor estricto termina de hacer sus cambios y entra el escritor creativo de vuelta, corro el riesgo de que el editor tenga que modificar todo el trabajo (y no solo aquello que fue añadido al final). Y cuando el escritor creativo termina de añadir sus ideas frescas y regresa el editor estricto, este último encuentra un desastre que hay que limpiar de nuevo. Así entonces, hay que mantener ambos roles separados.

He visto que aspirar al texto perfecto detiene a muchos escritores, e incluso acaba completamente con su inspiración para escribir. Quise escribir este pequeño texto dedicado a ellos para darles una esperanza y vuelvan a encarar su hoja en blanco y expresen lo que tienen que decirle al mundo. ¡Espero les sirva como a mi me sirvió cuando me compartieron estos consejos!

¡Guácala la vanagloria!

Después de un poco de reflexión, encontré que quizá mis publicaciones anteriores (especialmente las expresiones de caridad, paz y compasión) podrían ser leídas como una búsqueda de reconocimiento propio. ¡Nada más lejos que eso! De hecho, mi preocupación porque así se entienda es tan grande que he decidido aclararlo por este mismo medio.

Estos testimonios buscan ser una fuente de inspiración para aquellos que quieren ser fuentes de alegría y paz en el contexto en el que se encuentran. Y pensé que con ejemplos concretos podrían surgir formas sencillas pero originales de llegar a esa meta.

Estamos tan expuestos a problemas macroscópicos como las guerras, las crisis económicas, los conflictos políticos y otros más en los que no tenemos gran injerencia como individuos. Ante semejante contexto he encontrado que una respuesta común es la queja constante y la parálisis ante el temor de fracasar en la misión de hacer el mundo un poco mejor.

Todos los días se nos presentan oportunidades para cambiar el mundo. A veces consisten en compartir la sonrisa, a veces en escuchar a un amigo, en darle de comer a un indigente, hacerle el desayuno a tu pareja, recoger basura en el parque, etcétera. Y los testimonios que comparto son una forma de exhortación a permanecer despiertos y atentos ante todas esas oportunidades. Son una invitación a formar un equipo en el que todos transformamos el mundo en busca de una vida más digna y dichosa para todos, empezando por los que más necesitan de nosotros.

Aclarado esto, no queda más que seguir adelante: ¡Cambiemos el mundo, equipo!

El celular roto

Durante el invierno finés, es común que los celulares que caen al piso terminen con su pantalla estrellada. Pues el piso está lleno de grava que se utiliza para evitar resbalones sobre el hielo.

Era un día de invierno en Espoo, Finlandia. La ciudad estaba repleta de nieve y yo había salido a la calle para hacer algunos papeleos relacionados a mi reciente mudanza a la ciudad. Al llegar a la parada del camión para regresar a casa, quise sacar el celular para revisar algunos mensajes. Pero cuando traté de sacarlo de mi chamarra, resbaló por mis guantes de tela y calló con la pantalla de frente al piso. Y cuando lo recogí, vi que su pantalla se había estrellado un poco. Sentí un retortijón porque me había costado algo de dinero y quería me durara algunos años. ¿Será que habré fracasado en mi propósito?

¡Nada de eso! Al poco tiempo de que pasó el accidente, ya habían salido al mercado diferentes tentaciones por reemplazar mi celular: el nuevo Google Pixel 3, OnePlus 6T, o el famoso iPhone XS. Y un día que pasé caminando por la plaza, todos esos modelos estaban luciendo sus eficientes procesadores, gigantescas memorias y nítidas cámaras. Pero desde chico mi familia me enseñó a resistirme a estas tentaciones filtrando mis compras con una pregunta que ha salvado mi cartera muchas veces: “¿necesito esto que quiero comprar?” Y, en esta ocasión, la respuesta era un rotundo “no”.

Pero quise ir más lejos: “¿cómo puedo utilizar lo que tengo para ayudar a los que pasan por necesidad?La riqueza alcanza su mayor valor cuando se utiliza en favor de quienes sufren. Recordando esto, con lo que me hubiera alcanzado para conseguir un celular, conseguí dos decenas de cobijas y comida variada. Acto seguido, salí a buscar a los indigentes que pasaban hambre y frío en la ciudad de Helsinki para hacer la entrega, breve pero cariñosa, de dichos recursos.

Al final no tengo un celular reluciente ni nuevo. Pero mi día terminó con muchas sonrisas, menos hambrientos, menos vulnerables al frío invernal, y un celular roto.

La limosna para el que la da

 

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Cuando hablamos de limosna resulta muy natural en el que la recibe: le servirá para atenuar un poco (o resolver) alguna necesidad o carencia material que tenga presente. Incluso puede haber ocasiones en las que el receptor no sepa valorar lo que recibe. Sin embargo, también es común olvidar el papel de la limosna para quien la entrega. ¿Cuáles son los efectos de la limosna en su autor?

Desapego y austeridad

Por supuesto que puede haber una gran variedad de efectos, pero me concentraré en dos por ahora: el fortalecimiento del desapego y el crecimiento en la austeridad.

Nos implica cierto esfuerzo desprendernos de nuestras pertenencias. Y cuando nuestro apego aún es fuerte, pasamos además por una especie de luto o sensación de pérdida. Pero con la repetición podemos fortalecer nuestra resistencia tanto a la donación como al dolor posterior. Más aún: templamos nuestro temperamento para sostener nuestra paz y alegría aún cuando se deterioran o perdemos nuestros bienes materiales. Es decir, nos volvemos capaces de ser felices aún en medio de las crisis.

Nuestra primera motivación por dar una limosna puede ser la intención de ayudar a alguien que padece una carencia. Y una vez que tenemos contacto directo con carencias reales podemos distinguir cuáles de nuestras necesidades son ficticias. Sabremos que nuestras riquezas encuentran una finalidad más noble en la restauración social mediante la caridad, ya sea dentro de la casa como en la calle.

Y uno más

Hay una tercera implicación de las limosnas. Pero la he querido poner al final porque habla de Dios. Y sé que muchos hoy son prácticamente alérgicos al tema. Así que, si es tu caso, puedes terminar tu lectura aquí. O quizá sí creas. O quizá eres curioso: ¡bienvenido!

Con la limosna crece nuestra confianza y entrega a Dios. Es decir, nos confiamos de su buena voluntad. Es como volver a ser niño: volvemos a ser felices y despreocupados porque vivimos confiados de la buena voluntad de nuestro Padre Bueno. Imagínate, si nosotros que somos malos sabemos darles cosas buenas a los niños ¿cuánto más no será bueno nuestro Padre con nosotros?

¿Quisieras ser capaz de dar la vida por amor? ¿Quisieras ser reflejo de ese amor incondicional que Dios nos tiene? La limosna es un buen primer paso. Sobre todo cuando trascendemos la barrera de dar lo que nos sobra: cuando damos de lo que queremos y necesitamos.

Por eso la limosna de la viuda del Evangelio de hoy (Marcos 12, 38-44) es tan agradable para Jesús. La cantidad es pequeña. Pero habiendo entregado todo lo que tenía para su sustento manifestó una confianza enorme en Dios, gratuita, generosa, solidaria, sencilla. Ha encomendado su ser en sus manos.

¿Qué espero del matrimonio?

dsc08132-editPasan los años y muchos de mis amigos se empiezan a casar. Algunos disfrutan de un matrimonio feliz. Y otros extrañan entrañablemente su soltería. Queda claro que un matrimonio feliz no “sucede”, sino que se “construye”.

Así que me dediqué un rato a leer artículos, escuchar testimonios, y reflexionar sobre el tema. Y en esas reflexiones me preguntaba ¿qué espero del matrimonio? Y decidí documentar la respuesta que encontré: diferencias, discusiones, y enfermedades.

Diferencias

Sería fantasioso y aburrido pensar que somos iguales: fuimos educados con valores distintos, tenemos profesiones muy diferentes (médica e ingeniero), a ella le gusta la playa y a mi el bosque, a ella le gusta el calor y a mi el frío. ¡Y aún falta mucho más qué descubrir! Entonces aceptar las diferencias resulta realista y retador.

Quiero amarla como es. Y ser testigo de estas diferencias es un viaje con montes y valles en el que voy aprendiendo cómo amar hasta los más finos componentes de su persona. ¿porqué le gusta algo? ¿porqué hará esto otro frecuentemente? ¿qué pensará cuando hace eso?

Discusiones

Las discusiones no las quiero. Pero sé que sucederán. A veces serán sobre temas sencillos que podrán resolverse con un diálogo y buena disposición. Otras veces serán temas más complejos que requieran dedicar tiempo y atención especiales. Y no pueden faltar esas discusiones que llegan hasta las altas horas de la noche: ¡incluso ya acostados en la cama!

En esas últimas se llega siempre al suspenso ¿resolveremos el problema, o nos dormiremos de espaldas? ¡Ya me preparo desde ahora! Quiero ser capaz de desprenderme de mi orgullo. Antes que el sueño nos robe la consciencia, quiero soltar una caricia gratuita acompañada de un “perdón”, y un “te amo”. No porque sea la solución mágica al problema o tratar de persuadir; sino porque quiero dejar claro que mi amor por ella es más grande que cualquier problema.

Enfermedades

Espero las enfermedades no con anhelo, sino con certeza. Uno quisiera que nunca se enfermaran sus seres queridos, ni enfermarse. Pero es una experiencia prácticamente garantizada en la vida humana. Porque cachamos un bicho en el trabajo, por el cambio de temporada, por un accidente, o por la vejez.

Con el matrimonio, a la certeza de la enfermedad se le complementa con la certeza de un amor cercano.

Cuando se enferme ella quiero ser un buen cuidador y acompañante. Quiero cuidar su descanso, llevarle de comer, llevarla a pasear (si se puede… o por travesura), platicar. No seré doctor para curarle su enfermedad física, pero quiero tener listo un abrazo por si llega el dolor, y un “aquí estoy contigo” por si llega el miedo. Y quiero hacer todo lo posible por pintar una sonrisa en su rostro.

¿Y si me enfermo yo? ¡Quiero ser un buen enfermo! Quiero mostrarme siempre alegre, dando lo mejor de mi para salir adelante. Que se note con creces lo agradecido que estoy por tenerla cerca. El dolor de a dos, es medio dolor. Y la alegría de a dos, es doble alegría.

Cambiando el mundo desde el trabajo

¿Te ha pasado que te metes en dilemas sobre el sentido de tu trabajo? Que aunque esté lleno de retos técnicos y méritos reconocidos, te empiezan a invadir preguntas sobre el sentido profundo de tu trabajo. Como por ejemplo: ¿cuál es mi contribución al mundo trabajando aquí? ¿tengo una contribución única y valiosa, o soy desechable y reemplazable? ¿quienes se benefician de mi trabajo? ¿quienes son perjudicados por mi trabajo? Y se te escapan las respuestas de muchas de esas preguntas.

Con frecuencia no soy testigo del resultado final de mi trabajo técnico como ingeniero. Regularmente, el departamento de ingeniería no tiene contacto con los clientes que consumen el producto; o con los inversionistas que financían el negocio. De hecho, en ocasiones el destino de mi trabajo ha sido confidencial y las normas han prohibido a mis superiores revelarme el paradero de mi trabajo. ¿Cómo se puede contribuir a la sociedad si el fruto de mi trabajo me es oscuro y desconocido?

En mi caso particular, me gusta ejercer esa contribución a la sociedad desde el pequeño contexto en el que estoy. Explico. A veces, gestos tan simples como saludar a la secretaria en la entrada, agradecer por los alimentos al cocinero, regalar algunas galletas a mis compañeros en la oficina, ya son una contribución a la vida de las personas que están cotidianamente en contacto conmigo.

Conforme me adentro en el contexto de mi trabajo, mi capacidad de contribución aumenta conforme me intereso por el contexto al que se enfrentan mis prójimos. Quizá la secretaria necesite un consejo para animar a su esposo. Quizá el cocinero necesite alguien que se siente a escucharlo para desahogar un disgusto. O quizá un compañero necesite ayuda con una tarea que le ha sido difícil.

Al final, todos ganamos. Esto corrobora aquello que ya había percibido en mis trabajos anteriores: el éxito laboral consiste en saberse un generoso contribuyente a la sociedad. Además, conforme pasa el tiempo, comienzo a notar que el germen de la alegría crece dentro de las personas con las que convivo. Y mejor aún: algunos de ellos han comenzado a replicar estas acciones generosas fuera del contexto laboral. Creo que es una forma de hacer el mundo un poco mejor.