¡Guácala la vanagloria!

Después de un poco de reflexión, encontré que quizá mis publicaciones anteriores (especialmente las expresiones de caridad, paz y compasión) podrían ser leídas como una búsqueda de reconocimiento propio. ¡Nada más lejos que eso! De hecho, mi preocupación porque así se entienda es tan grande que he decidido aclararlo por este mismo medio.

Estos testimonios buscan ser una fuente de inspiración para aquellos que quieren ser fuentes de alegría y paz en el contexto en el que se encuentran. Y pensé que con ejemplos concretos podrían surgir formas sencillas pero originales de llegar a esa meta.

Estamos tan expuestos a problemas macroscópicos como las guerras, las crisis económicas, los conflictos políticos y otros más en los que no tenemos gran injerencia como individuos. Ante semejante contexto he encontrado que una respuesta común es la queja constante y la parálisis ante el temor de fracasar en la misión de hacer el mundo un poco mejor.

Todos los días se nos presentan oportunidades para cambiar el mundo. A veces consisten en compartir la sonrisa, a veces en escuchar a un amigo, en darle de comer a un indigente, hacerle el desayuno a tu pareja, recoger basura en el parque, etcétera. Y los testimonios que comparto son una forma de exhortación a permanecer despiertos y atentos ante todas esas oportunidades. Son una invitación a formar un equipo en el que todos transformamos el mundo en busca de una vida más digna y dichosa para todos, empezando por los que más necesitan de nosotros.

Aclarado esto, no queda más que seguir adelante: ¡Cambiemos el mundo, equipo!

¿Qué espero del matrimonio?

dsc08132-editPasan los años y muchos de mis amigos se empiezan a casar. Algunos disfrutan de un matrimonio feliz. Y otros extrañan entrañablemente su soltería. Queda claro que un matrimonio feliz no “sucede”, sino que se “construye”.

Así que me dediqué un rato a leer artículos, escuchar testimonios, y reflexionar sobre el tema. Y en esas reflexiones me preguntaba ¿qué espero del matrimonio? Y decidí documentar la respuesta que encontré: diferencias, discusiones, y enfermedades.

Diferencias

Sería fantasioso y aburrido pensar que somos iguales: fuimos educados con valores distintos, tenemos profesiones muy diferentes (médica e ingeniero), a ella le gusta la playa y a mi el bosque, a ella le gusta el calor y a mi el frío. ¡Y aún falta mucho más qué descubrir! Entonces aceptar las diferencias resulta realista y retador.

Quiero amarla como es. Y ser testigo de estas diferencias es un viaje con montes y valles en el que voy aprendiendo cómo amar hasta los más finos componentes de su persona. ¿porqué le gusta algo? ¿porqué hará esto otro frecuentemente? ¿qué pensará cuando hace eso?

Discusiones

Las discusiones no las quiero. Pero sé que sucederán. A veces serán sobre temas sencillos que podrán resolverse con un diálogo y buena disposición. Otras veces serán temas más complejos que requieran dedicar tiempo y atención especiales. Y no pueden faltar esas discusiones que llegan hasta las altas horas de la noche: ¡incluso ya acostados en la cama!

En esas últimas se llega siempre al suspenso ¿resolveremos el problema, o nos dormiremos de espaldas? ¡Ya me preparo desde ahora! Quiero ser capaz de desprenderme de mi orgullo. Antes que el sueño nos robe la consciencia, quiero soltar una caricia gratuita acompañada de un “perdón”, y un “te amo”. No porque sea la solución mágica al problema o tratar de persuadir; sino porque quiero dejar claro que mi amor por ella es más grande que cualquier problema.

Enfermedades

Espero las enfermedades no con anhelo, sino con certeza. Uno quisiera que nunca se enfermaran sus seres queridos, ni enfermarse. Pero es una experiencia prácticamente garantizada en la vida humana. Porque cachamos un bicho en el trabajo, por el cambio de temporada, por un accidente, o por la vejez.

Con el matrimonio, a la certeza de la enfermedad se le complementa con la certeza de un amor cercano.

Cuando se enferme ella quiero ser un buen cuidador y acompañante. Quiero cuidar su descanso, llevarle de comer, llevarla a pasear (si se puede… o por travesura), platicar. No seré doctor para curarle su enfermedad física, pero quiero tener listo un abrazo por si llega el dolor, y un “aquí estoy contigo” por si llega el miedo. Y quiero hacer todo lo posible por pintar una sonrisa en su rostro.

¿Y si me enfermo yo? ¡Quiero ser un buen enfermo! Quiero mostrarme siempre alegre, dando lo mejor de mi para salir adelante. Que se note con creces lo agradecido que estoy por tenerla cerca. El dolor de a dos, es medio dolor. Y la alegría de a dos, es doble alegría.

Cambiando el mundo desde el trabajo

¿Te ha pasado que te metes en dilemas sobre el sentido de tu trabajo? Que aunque esté lleno de retos técnicos y méritos reconocidos, te empiezan a invadir preguntas sobre el sentido profundo de tu trabajo. Como por ejemplo: ¿cuál es mi contribución al mundo trabajando aquí? ¿tengo una contribución única y valiosa, o soy desechable y reemplazable? ¿quienes se benefician de mi trabajo? ¿quienes son perjudicados por mi trabajo? Y se te escapan las respuestas de muchas de esas preguntas.

Con frecuencia no soy testigo del resultado final de mi trabajo técnico como ingeniero. Regularmente, el departamento de ingeniería no tiene contacto con los clientes que consumen el producto; o con los inversionistas que financían el negocio. De hecho, en ocasiones el destino de mi trabajo ha sido confidencial y las normas han prohibido a mis superiores revelarme el paradero de mi trabajo. ¿Cómo se puede contribuir a la sociedad si el fruto de mi trabajo me es oscuro y desconocido?

En mi caso particular, me gusta ejercer esa contribución a la sociedad desde el pequeño contexto en el que estoy. Explico. A veces, gestos tan simples como saludar a la secretaria en la entrada, agradecer por los alimentos al cocinero, regalar algunas galletas a mis compañeros en la oficina, ya son una contribución a la vida de las personas que están cotidianamente en contacto conmigo.

Conforme me adentro en el contexto de mi trabajo, mi capacidad de contribución aumenta conforme me intereso por el contexto al que se enfrentan mis prójimos. Quizá la secretaria necesite un consejo para animar a su esposo. Quizá el cocinero necesite alguien que se siente a escucharlo para desahogar un disgusto. O quizá un compañero necesite ayuda con una tarea que le ha sido difícil.

Al final, todos ganamos. Esto corrobora aquello que ya había percibido en mis trabajos anteriores: el éxito laboral consiste en saberse un generoso contribuyente a la sociedad. Además, conforme pasa el tiempo, comienzo a notar que el germen de la alegría crece dentro de las personas con las que convivo. Y mejor aún: algunos de ellos han comenzado a replicar estas acciones generosas fuera del contexto laboral. Creo que es una forma de hacer el mundo un poco mejor.