¡Guácala la vanagloria!

Después de un poco de reflexión, encontré que quizá mis publicaciones anteriores (especialmente las expresiones de caridad, paz y compasión) podrían ser leídas como una búsqueda de reconocimiento propio. ¡Nada más lejos que eso! De hecho, mi preocupación porque así se entienda es tan grande que he decidido aclararlo por este mismo medio.

Estos testimonios buscan ser una fuente de inspiración para aquellos que quieren ser fuentes de alegría y paz en el contexto en el que se encuentran. Y pensé que con ejemplos concretos podrían surgir formas sencillas pero originales de llegar a esa meta.

Estamos tan expuestos a problemas macroscópicos como las guerras, las crisis económicas, los conflictos políticos y otros más en los que no tenemos gran injerencia como individuos. Ante semejante contexto he encontrado que una respuesta común es la queja constante y la parálisis ante el temor de fracasar en la misión de hacer el mundo un poco mejor.

Todos los días se nos presentan oportunidades para cambiar el mundo. A veces consisten en compartir la sonrisa, a veces en escuchar a un amigo, en darle de comer a un indigente, hacerle el desayuno a tu pareja, recoger basura en el parque, etcétera. Y los testimonios que comparto son una forma de exhortación a permanecer despiertos y atentos ante todas esas oportunidades. Son una invitación a formar un equipo en el que todos transformamos el mundo en busca de una vida más digna y dichosa para todos, empezando por los que más necesitan de nosotros.

Aclarado esto, no queda más que seguir adelante: ¡Cambiemos el mundo, equipo!

El celular roto

Durante el invierno finés, es común que los celulares que caen al piso terminen con su pantalla estrellada. Pues el piso está lleno de grava que se utiliza para evitar resbalones sobre el hielo.

Era un día de invierno en Espoo, Finlandia. La ciudad estaba repleta de nieve y yo había salido a la calle para hacer algunos papeleos relacionados a mi reciente mudanza a la ciudad. Al llegar a la parada del camión para regresar a casa, quise sacar el celular para revisar algunos mensajes. Pero cuando traté de sacarlo de mi chamarra, resbaló por mis guantes de tela y calló con la pantalla de frente al piso. Y cuando lo recogí, vi que su pantalla se había estrellado un poco. Sentí un retortijón porque me había costado algo de dinero y quería me durara algunos años. ¿Será que habré fracasado en mi propósito?

¡Nada de eso! Al poco tiempo de que pasó el accidente, ya habían salido al mercado diferentes tentaciones por reemplazar mi celular: el nuevo Google Pixel 3, OnePlus 6T, o el famoso iPhone XS. Y un día que pasé caminando por la plaza, todos esos modelos estaban luciendo sus eficientes procesadores, gigantescas memorias y nítidas cámaras. Pero desde chico mi familia me enseñó a resistirme a estas tentaciones filtrando mis compras con una pregunta que ha salvado mi cartera muchas veces: “¿necesito esto que quiero comprar?” Y, en esta ocasión, la respuesta era un rotundo “no”.

Pero quise ir más lejos: “¿cómo puedo utilizar lo que tengo para ayudar a los que pasan por necesidad?La riqueza alcanza su mayor valor cuando se utiliza en favor de quienes sufren. Recordando esto, con lo que me hubiera alcanzado para conseguir un celular, conseguí dos decenas de cobijas y comida variada. Acto seguido, salí a buscar a los indigentes que pasaban hambre y frío en la ciudad de Helsinki para hacer la entrega, breve pero cariñosa, de dichos recursos.

Al final no tengo un celular reluciente ni nuevo. Pero mi día terminó con muchas sonrisas, menos hambrientos, menos vulnerables al frío invernal, y un celular roto.